Néstor García ha
decidido darle cuerpo a algunas de sus
inquietudes radicales en torno a la imagen, usando, principalmente, el lenguaje
plástico de la pintura, aunque con algunos gestos de audio y de montaje que
rozan sutilmente el lenguaje de las instalaciones. Pero como artista
contemporáneo, le corresponde (me)rodear, en lo posible, la representación como
modalidad de la construcción visual. Ese ejercicio post-representativo, que en
ocasiones recuerda el esfuerzo de la filosofía por superar (sin poder), la
metafísica desde la gramática del lenguaje, no deriva, en aquellos casos
realmente interesantes, en algo opuesto a la representación, sino en relaciones
imprevistas por ser radicalmente particulares en cada propuesta. En el caso de El dominio de las estructuras —un
conjunto de pinturas de imágenes que previamente han sido arrugadas, sobre piezas
ya intervenidas por otros artistas—, esa relación surgida del distanciamiento
con la representación, se asemeja a la creación de una alteridad elocuente, es
decir, una otredad con la que es posible
dialogar, no solo para que el sentido de la obra acontezca, sino para
enunciar el poder real de la imagen. O dicho de otra manera: puesto que un
diálogo solo se puede sostener con un interlocutor, ello daría cuenta de la
vida que tiene la imagen: una vida que la lógica moderna de la representación
trató de anular al colocar todo lo que no era un sujeto, como un objeto inerte.
Reconocer, así, el poder de la imagen, implica asumir la energía inherente (enérgeia) que surge desde el mismo momento
de su creación y, con ello, la plena autonomía que la define.
Este conjunto de
imágenes de vehículos re-intervenidos, intentan, así, fuera de los modos del
sujeto/objeto propio de la representación, figurar (expresar, manifestar,
e-videnciar) el poder de la imagen y su contención visual, sumando a la propia imagen,
el gesto de la acción de arrugar o de comprimir con las manos aquello que
siendo arrugado se subyuga: se somete. El poder de la imagen, parece
advertirnos Néstor, precisa ser pensado de tal modo que podamos arribar al
equivalente oral del “estar atentos”.
El dominio de las estructuras es, como discurso, el poder de la imagen suspendida en el poder del gesto. Quizás se
trate de rememorar al cazador primitivo (tal y como nos lo refiere nuestro
pintor contemporáneo), como el ejecutor de aquellas imágenes rupestres (ya no
más primitivas, afortunadamente), mediante las que, suponemos, se reunía el
poder necesario para atrapar al formidable animal salvaje. Esta remembranza de
Néstor García vuelve sobre él cuando lo sabemos portador de una capacidad reflexiva
elocuente. Por esa capacidad, nos es fácil devolverle su referencia y compararlo
al pintor de las cuevas antiguas que detenía a toda la comunidad frente a la
imagen, para narrar quizás sus instrucciones, quizás su heroicidad o quizás,
como en este caso, su premura por advertirnos de un peligro inminente.
La pintura en
aquella remota ocasión —unos 40 mil años según el último hallazgo—, librada del
recuadro que somete al pintor contemporáneo (y a todos nosotros como
espectadores), fungía como alteridad del mismo modo que estas imágenes de El dominio de las estructuras le sirven
a su creador como dispositivo para fijar sus reflexiones en torno a la imagen. Y
ayudarnos, de manera indispensable en tiempos visuales, a comprender lo que la
Teoría del acto icónico nos advierte sobre el poder autónomo y “mágico” —aunque
real—, de las imágenes.
Carmen Alicia Di
Pasquale. Caracas, mayo 2019
Termodinámica
Termodinámica 2012.
lunes, 27 de mayo de 2019
El Dominio de las estructuras
Gesto, poder e imagen
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