CUERPO: CARACAS –
BOGOTÁ, BOGOTÁ – CARACAS
Por Bernardo Montoya
En marzo la Galería Salón Comunal de Bogotá en alianza con la
Galería Abra Caracas de Venezuela inauguró de manera virtual (como correlato de
su montaje físico en la sede de la galería bogotana) la muestra Cuerpo: Caracas – Bogotá, Bogotá – Caracas. Una
exposición que reúne la obra de los artistas Hecdwin Carreño y Néstor García,
representados por la galería venezolana junto a las artistas Laura Ruíz y
Marcela Rodríguez de Salón Comunal respectivamente.
El producto de esta alianza se supedita inusitadamente a las
condiciones sobrevenidas que han impactado al mundo en el contexto de una
pandemia global provocada por el virus Covid-19. Una situación “apocalíptica”
(propia de un film hollywoodense) que ha determinado de manera significativa
todos los estamentos de nuestras cotidianidades, a las cuales, por cierto, el
arte se suscribe, aunque éste sea uno de
los mecanismos que trastoca su sentido pragmático y codificado.
A primera vista su título nos remite necesariamente a aquella
entidad biológica sujeta a dimensiones temporales, espaciales, políticas, psicológicas
y anatómicas que lo han sedimentado. Sin embargo, aquí su noción es más extensa
en la medida en que lo entendemos como una unidad compuesta por una serie de elementos
que la constituyen. Para los cuatro artistas reunidos en la exposición, el
cuerpo no se limita a una concepción como estructura biológica, ni tan solo
como ser viviente, sino en cuanto a su pertenencia a una cultura y una época.
Conceptos como espacio y forma, se constituyen en una herramienta esencial en
la construcción de las imágenes representadas. Las representaciones de Carreño,
Rodríguez, García y Ruíz producen elaboraciones de discurso que operan con
carácter simbólico. Códigos que nos permitieron
reconocer un “mundo estable” en la búsqueda de aquellas certezas que en
nuestros tiempos se han desvanecido y que tiene precisamente en su proyección
virtual su sentido en momentos de un distópico distanciamiento social.
Cuando hablamos del cuerpo, lo hacemos también pensando en
Merleau-Ponty orientado a que nuestra relación con la otredad, ya no se da más
como compartimentos a partir de conciencias que se sitúan frente a nosotros,
sino como ese nosotros del cual ya de manera tácita nos conforma, tal como
también lo señala Marina Garcés. Entonces, todas nuestras alianzas (y nuestros
vestigios) forman de por sí ese cuerpo
que mencionamos aquí, dado a que la colaboración suscitada entre los dos
espacios expositivos y el diálogo entre sus artistas conforman un todo
unificado, una sinergia explícita como
respuesta al presunto vacío de nuestras incertidumbres. Sin embargo, y más allá
que de entrada nuestros encuentros y nuestros rastros formen ya un cuerpo, a
partir además de la convergencia dialógica de estos espacios de circulación
artística, el cuerpo como eje problemático transversaliza la muestra en su amarre
epistémico y, como ya lo dijimos, incluso más allá de su morfología. Las
pinturas de Laura Ruíz por su parte,
proyecta la noción política y antropológica de la pose corporal contemporánea
en el contexto de una economía de la imagen supeditada al acto de mirarse y ser
mirado, en un círculo hedonista donde la paradoja radica en que su despliegue
se da en el marco de una visualidad virtualizada y sobreexpuesta, fragmentada
en su multiplicidad de apariciones, y como el despunte de una operación a
contracorriente en donde el acto de pintar se contrapone a la desmaterialización
de la imagen en su estatus actual.
Por su parte, Hecdwin Carreño recupera la estrategia
discursiva del hiperrealismo, ya no
desde su criticada estética cool y pasiva, advertida en su momento por autores
como Marchán-Fiz, sino y como consecuencia de una operación crítica a través
del encuentro del error informático en la era de su aparición binaria en la
cultura de los datos. Mediante esta operación, Carreño recuera nociones del
cuerpo asociadas a elementos de identidad jurídica (en momentos de un uso
desproporcionado de las cámaras de reconocimiento facial), dado a que su
interés se centra en un aislamiento radical de los rostros como depositario de
esa identidad morfológica, pero además, direccionando su corporalidad no ya en
soportes fotográficos, sino en encarnaciones pictóricas.
El trabajo de Marcela Rodríguez apunta a una reflexión que
gira sobre las siempre supuestas oposiciones entre la cultura y la naturaleza,
a través de la representación de escenas derivadas de una relación “afectiva”
entre lobos y mujeres. En conjunto
pareciera que sus piezas nos contara una historia sin un guion específico, mediante
el despliegue de elementos visuales argumentativos que no tienen un principio,
un centro y un fin aparente −por lo menos visibles− en donde las fronteras de su relato “visual” se han
difuminado. En sus dibujos las relaciones entre lo “civilizado” y lo “salvaje”
no se da ya como fricción o de manera dialéctica, sino como complemento, pues
en la medida en que los hombres se han elaborado así mismo (lo que en
apariencia es una idea sartreana) la complementación de estas dos existencia,
moduladas además en largas jornadas temporales, se ha venido dando en relación
íntegra, difuminando además la dimensión de dominio que sobre la naturaleza el
hombre ha intentado establecer, más allá de la sublimidad kantiana.
Por su parte Néstor García nos habla a través de su trabajo,
no de los cuerpos en su estado salvaje o civilizado sujetos a los designios de
la sociedad, sino más bien desde su aspecto cóncavo, es decir, desde su
negativo y revés, en el momento en que varios de sus recetores −espaciales− aparecen como una metáfora “entre
pliegues” articulada mediante el
despliegue representativo de un edificio diseñado por el insigne arquitecto
brasileño Oscar Niemeyer en una hamaca ”tropical” como corolario de nuestra
modernidad “tropicalizada”, y como metáfora del ablandamiento de sus
estructuras. Si prestamos atención, de pronto nos daremos cuenta de que García
nos está hablando como por capas, dado
que por un lado pone en contraste y devela las relaciones
multidimensionales y contradictoria que se dieron en nuestros procesos de
modernización latinoamericana, por el otro, de elementos receptores que constituyen
y arropan a nuestros cuerpos en su fisicalidad, pero además, discurre sobre la
corporalidad misma que esa dermis fantasmagórica llamada pintura encarnada en
el preciso momento de posar sobre su receptor histórico.
“Cuerpo, caracas – Bogotá, Bogotá – Caracas” es una
exposición surgida a partir de la confluencia de artistas y espacios que en su
conjunto forman un cuerpo polisémico dado como resultado de la articulación y
la colaboración en el contexto de unas circunstancias que, se ha replantea su
esquema de circulación recordando además los patrones de aparición planteados
desde hace ya casi un siglo por Walter Benjamin, en el sentido que su
reproductividad técnica devino en una ampliación y desdoblamiento de sus
apariciones paralelas y simultáneas en tiempos en los cuales resulta utópico
mantener la unicidad aurática de la obra de arte en su enfriado ritual de culto.

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